El deseo de salir corriendo

|Lidia Montero

Pasaje base: Salmo 55:1–8, 12–17

Lectura bíblica

Lectura sugerida: Salmo 55:1–8, 12–17

Versículo clave:

«Y dije: ¡Quién me diese alas como de paloma! Volaría yo, y descansaría» (Salmo 55:6).

Lectura de apoyo:

Salmo 62:8

Verdad central

Cuando el corazón quiere escapar, Dios no nos pide fingir fortaleza; nos invita a convertir ese miedo, esa herida y ese cansancio en una oración honesta.

Reflexión

Hay días en los que el cuerpo continúa solamente cumpliendo, pero el corazón  no quiere permanecer en el mismo lugar. Te levantas, trabajas, respondes mensajes y procuras que nadie note demasiado lo que sucede. Sin embargo, por dentro buscas una salida. No necesariamente sabes adónde ir; solamente quisieras alejarte de aquello que  pesa.

David conoció ese sentimiento. En el Salmo 55 no intenta parecer invulnerable. Describe un corazón con dolor, un miedo que lo invade, el temblor que lo sacude y el deseo de tener alas para volar lejos y descansar. Si, alas para volar..muchas veces yo he querido tener alas para volar!

1. El corazón también se cansa

No siempre se ven las cargas, es mas, pueden pasar desapercibidas. Algunas personas llevan una rutina aparentemente normal mientras por dentro sostienen una relación quebrada, una preocupación familiar, una noticia difícil, una deuda, una enfermedad o un dolor que nunca han logrado expresar.

Ese peso no siempre se manifiesta en lágrimas. A veces aparece como irritabilidad, insomnio, dificultad para concentrarse o una necesidad constante de mantenerse ocupado para no pensar. El cuerpo sigue avanzando, pero el corazón comienza a pedir auxilio.

Podemos llegar a minimizarlo porque pensamos que reconocerlo sería falta de fe. Nos repetimos que otras personas enfrentan situaciones peores o que deberíamos ser capaces de manejarlo. Pero David no disfraza su condición delante de Dios. Dice con claridad que su corazón tiene dolor y que el temor ha caído sobre él.

Reconocer que algo nos pesa mucho o poco, no significa rendirnos ante el dolor. Significa dejar de fingir que podemos continuar indefinidamente como si nada estuviera ocurriendo.

2. La herida que despierta el deseo de huir

El dolor de David no provenía únicamente de tener demasiadas responsabilidades. Parte de su sufrimiento tenía un rostro conocido. Había sido herido por alguien cercano, una persona con quien había compartido amistad y comunión. Un rostro que quizás nunca hubieras imaginado que iba a ser causante de un dolor, un desprecio, una herida.

Por eso su deseo de escapar resulta tan comprensible. No solo le dolía lo sucedido; le dolía quién lo había hecho. Se había quebrado algo que antes representaba confianza, cercanía y seguridad.

Hay heridas que también nos hacen pensar: «Quisiera irme lejos, comenzar de nuevo y no tener que explicar nada». No siempre deseamos abandonar un lugar físico; en ocasiones queremos huir de una conversación, de un recuerdo, de una etapa o de todo aquello que nos obliga a enfrentar lo que sentimos.

David no se avergonzó de admitirlo. Dijo: «¡Quién me diese alas!». Pero, aunque su corazón imaginó huir, sus palabras se dirigieron hacia Dios. El deseo de escapar no se convirtió en su destino final; lo convirtió en parte de su oración.

Esto no significa que debamos permanecer en una situación de abuso, violencia o peligro. Buscar protección, establecer límites y pedir ayuda puede ser necesario. La enseñanza del salmo es que, aun cuando debamos alejarnos de algo, no tenemos que alejarnos de Dios ni esconderle lo que esa experiencia produjo en nosotros.

3. Una oración que no necesita aparentar fortaleza

Aunque muchas veces de manera errónea pienso que la fe comienza solo al decir.. “estoy bien”, creo que una mejor manera de sentir real mi fe es llegar delante del Señor y decirle: «Señor, esto me está sobrepasando y quisiera escapar».

Dios no necesita que primero ordenemos nuestras emociones. Él ya conoce lo que nos causa temor, las palabras que todavía nos duelen y la conversación que repetimos una y otra vez en nuestra mente. Podemos llegar delante de Él sin explicar lo que supuestamente deberíamos sentir. Es Dios!

El salmo tampoco presenta una solución instantánea. David continúa en medio del conflicto, pero toma una decisión: «Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré». No puede cambiar inmediatamente lo ocurrido, pero sí puede dejar de vivir el dolor completamente solo.

En lugar de permitir que el deseo de huir tenga la última palabra, abre delante de Dios un espacio para hablar, llorar y ser escuchado. No recibe alas para desaparecer, pero encuentra un lugar donde derramar su corazón.  Y esto si es valioso, las alas quizás le hacen desaparecer por un instante, una respuesta quizás paliativa, pero un corazón que expulsa todo aquel dolor, un corazón que es escuchado, un corazón dispuesto para ser consolado eso si es tremendo.

Quizá hoy no necesitas una respuesta rápida. Tal vez necesitas dejar de minimizar lo que sientes y reconocer delante del Señor: «Mi corazón está cansado. Esto me hirió. Tengo miedo y no sé cómo atravesarlo».

Dios puede encontrarte precisamente en esa oración, no porque hayas logrado expresarla perfectamente, sino porque finalmente dejaste de esconderte detrás de una apariencia de fortaleza.

Acción práctica

Aparta diez minutos para escribir una oración sin corregirla ni tratar de hacerla sonar espiritual.

Comienza completando estas tres frases:

  1. Señor, lo que más me está pesando es…
  2. Si pudiera huir de algo en este momento, sería de…
  3. Lo que todavía no me he atrevido a decirte es…

Cuando termines, lee en voz alta Salmo 55:16–17. No intentes resolverlo todo hoy. Permite que ese momento sea el comienzo de una conversación sincera con Dios.

Preguntas para reflexionar

  1. ¿De qué situación, recuerdo o relación has deseado escapar últimamente?
  2. ¿Qué parte de tu dolor has minimizado porque temes que reconocerla parezca falta de fe?
  3. ¿Cómo cambiaría tu oración si hoy le dijeras a Dios lo que verdaderamente sientes?

Oración

Señor, tú conoces el peso que llevo por dentro y sabes cuántas veces he querido salir corriendo. Conoces lo que me hirió, lo que me causa miedo y aquello que todavía no sé cómo expresar. Hoy no quiero esconderme detrás de una apariencia de fortaleza. Recibe mis pensamientos desordenados, mis preguntas y mis lágrimas. Cuando mi corazón busque una salida lejos de ti, recuérdame que puedo derramarlo todo en tu presencia. Dame fuerzas para afrontar lo que debo afrontar y sabiduría para reconocer cuándo necesito ayuda. Sostén mi corazón mientras atravieso este momento y hazme descansar en la certeza de que tú me escuchas. En el nombre de Jesús. Amén.

El deseo de salir corriendo