De camino al destino - Cuando Jesús cruza a tu otra orilla

|Lidia Montero

Lectura bíblica

  • Lectura sugerida: Lucas 8:26–39

  • Versículo clave: «Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo» (Lucas 8:39).

Lecturas de apoyo

  • Lucas 8:22–25

  • Marcos 5:18–20

Verdad central

Jesús puede utilizar los caminos cotidianos para llevarnos hacia una vida que desea alcanzar, restaurar y convertir en testimonio de Su gracia.

Reflexión

A veces pensamos que solamente vamos de camino al trabajo, a una visita, a una cita médica o a resolver algún asunto. Recorremos nuestras rutas habituales sin considerar que, aun en medio de lo cotidiano, Dios puede tener un propósito.

En Lucas 8 leemos:

«Y arribaron a la tierra de los gadarenos, que está en la ribera opuesta de Galilea» (Lucas 8:26).

A primera vista parece un desplazamiento más, pero no lo es. Jesús había cruzado el lago con Sus discípulos y, durante el trayecto, había calmado una tormenta. Al llegar a la otra orilla, no encontró un ambiente tranquilo ni una multitud esperando para escucharlo. Salió a Su encuentro un hombre atormentado, desnudo y acostumbrado a vivir entre los sepulcros.

Aquella travesía tenía un propósito.

1. Jesús cruza al encuentro de una vida

Todo en aquella escena parecía invitar a mantener la distancia. El hombre llevaba mucho tiempo bajo el dominio de los demonios. Habían intentado sujetarlo con cadenas, pero nadie había podido devolverle la libertad. Su condición era conocida por todos y, probablemente, muchos ya se habían resignado a pensar que nunca cambiaría.

Pero Jesús no lo evitó.

El relato nos permite ver cuánto vale una sola vida para Él. Jesús llegó hasta un territorio incómodo y se encontró con un hombre que los demás ya no sabían cómo ayudar. Donde otros veían peligro, desorden y desesperanza, Jesús seguía viendo una persona que necesitaba ser libertada.

Quizá hoy puedes reconocer que Él también cruzó hasta tu orilla. Tal vez utilizó a alguien que decidió hablarte de Dios, orar por ti, escucharte o insistir cuando habría sido más fácil guardar silencio. Alguien no evitó tu historia, y por medio de esa persona Jesús salió a tu encuentro.

Ahora puede ser Él quien quiera conducirte hacia la orilla de alguien más.

Lo que para ti parece solamente un camino al trabajo, una visita pendiente o una conversación inesperada puede convertirse en una oportunidad para acercarte a una persona que necesita ser vista, escuchada o animada.

2. No te asustes por lo que puedas encontrar

Cuando Jesús llegó, no encontró una situación ordenada. Encontró dolor, violencia, aislamiento y una vida profundamente quebrantada. Sin embargo, no se escandalizó ni retrocedió.

Jesús sabía lo que iba a encontrar y aun así se acercó.

Nosotros también podemos sentir temor frente al dolor, el pecado o el desorden de otras personas. Hay ambientes e historias que preferimos esquivar porque no sabemos qué decir, cómo actuar o qué podría ocurrir si nos involucramos.

Pero Jesús no confundió al hombre con su condición. La gente veía al hombre que gritaba y rompía las cadenas; Jesús veía a la persona que todavía estaba allí, detrás de todo aquel sufrimiento.

Así también hizo con nosotros. Llegó hasta donde estábamos sin sentirse intimidado por nuestra condición. Vio más allá de nuestros errores, nuestras heridas y nuestra historia. No se acercó para dejarnos como estábamos, sino para traer libertad y restauración.

Esto no significa que debamos exponernos imprudentemente a situaciones peligrosas. Significa que no debemos decidir que alguien está demasiado lejos, demasiado herido o demasiado perdido para ser alcanzado por la gracia de Dios.

3. Ya tienes algo que contar

La transformación de aquel hombre fue tan radical que quienes lo conocían se asustaron. El que antes vivía entre sepulcros apareció sentado a los pies de Jesús, vestido y en su sano juicio.

Aquel hombre quiso subir a la barca e irse con Jesús, pero el Señor le dijo:

«Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo» (Lucas 8:39).

Jesús lo envió de regreso al lugar donde todos conocían su historia. Su casa, su familia y su comunidad se convertirían en su primer campo de misión.

Apenas comenzaba su nueva vida. Todavía no conocía todas las respuestas ni había tenido tiempo para aprenderlo todo. Pero ya tenía algo verdadero que compartir:

  • Había tenido un encuentro real con Jesús.

  • Su vida había sido transformada.

  • Tenía una historia que contar.

Muchas veces pensamos que necesitamos más conocimiento, más orden o una vida completamente resuelta antes de poder servir a Dios. La preparación y el crecimiento son necesarios, pero no tenemos que esperar a ser perfectos para contar lo que Cristo ha hecho con nosotros.

El hombre no fue enviado a explicar lo que todavía no comprendía. Fue enviado a contar lo que había vivido.

Lo que antes representaba la parte más dolorosa y vergonzosa de su historia se convirtió en el lugar desde el cual comenzó a anunciar la misericordia de Dios.

De camino al destino

Puede que hoy tu “Gadara” sea una familia complicada, una oficina difícil, una sala de espera, un barrio pesado o una historia personal que todavía te avergüenza.

En este pasaje podemos vernos en dos lugares. Podemos ser aquel hombre a cuya orilla Jesús decidió llegar para restaurarlo. Pero también podemos estar dentro de la barca, acompañando a Jesús hacia una persona o un lugar que habríamos preferido evitar.

No todo lo que sucede en nuestro camino podremos comprenderlo de inmediato. Sin embargo, podemos aprender a vivir atentos y a preguntarle al Señor qué desea hacer en medio de nuestros recorridos cotidianos.

Quizá la pregunta no sea únicamente: «¿Hacia dónde voy?», sino también: «Señor, ¿a quién quieres alcanzar en este camino?»

Preguntas para reflexionar

  1. ¿Puedes reconocer algún momento en el que Jesús cruzó hasta tu orilla y salió a tu encuentro?

  2. ¿Hay alguna persona o situación que has preferido evitar porque te resulta difícil o incómoda?

  3. ¿Estás dispuesto a permitir que Jesús te conduzca hacia lugares que no habrías escogido por tu cuenta?

  4. ¿Qué ha hecho Dios en tu vida que ya puedes contar con sencillez y sinceridad?

  5. Si Jesús te dijera hoy: «Vuelve a tu casa y cuenta lo que Dios ha hecho contigo», ¿qué historia contarías?

Oración final

Señor Jesús, gracias porque un día cruzaste hasta mi orilla y no te asustaste de lo que encontraste en mí. Te acercaste a mi historia, viste más allá de mi condición y comenzaste una obra de libertad y restauración.

Ayúdame a no recorrer mis días de manera automática. Muéstrame el propósito que puedes tener en los lugares por los que transito y en las personas que encuentro. Dame compasión para mirar como Tú miras, sabiduría para saber cómo acercarme y obediencia para actuar cuando me llames.

Que no considere a nadie fuera del alcance de Tu gracia. Y cuando piense que no tengo suficiente para servirte, recuérdame que puedo comenzar contando, con humildad y verdad, las grandes cosas que has hecho conmigo.  En el nombre de Jesús.

Amén.

De camino al destino - Cuando Jesús cruza a tu otra orilla