Cómo saber si una decisión viene de Dios

|Lidia Montero

Pasaje base: Proverbios 3:5–6

Lectura bíblica

  • Lectura sugerida: Proverbios 3:1–8

  • Versículo clave: «Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas» (Proverbios 3:5–6).

Lecturas de apoyo

  • Jeremías 17:5–10

  • Juan 6:66–69

  • Santiago 1:5

Verdad central

Antes de pedirle a Dios dirección para nuestras decisiones, necesitamos rendirle el corazón desde el cual estamos decidiendo.

Reflexión

Cuando tenemos que tomar una decisión importante, solemos comenzar por fuera. Revisamos opciones, fechas, costos, beneficios y posibles consecuencias. Hacemos listas, buscamos información y tratamos de anticipar lo que podría salir bien o mal.

Todo eso puede ser útil, pero hay algo que casi nunca examinamos con el mismo cuidado: el corazón desde el cual estamos decidiendo.

La Biblia nos advierte:

«Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?» (Jeremías 17:9).

Esto no significa que debamos vivir sospechando de cada deseo o paralizados ante cualquier decisión. Significa que necesitamos humildad para reconocer que nuestro corazón puede acomodar la verdad a su conveniencia.

Podemos llamar «dirección de Dios» a lo que en realidad es un deseo personal. Podemos confundir el miedo con prudencia, la obstinación con convicción y el alivio inmediato con la paz de Dios. Incluso podemos encontrar razones espirituales para justificar algo que ya habíamos decidido hacer.

Por eso, antes de preguntarnos cuál camino escoger, necesitamos permitir que Dios examine quién está gobernando nuestro interior.

Cuando decidimos primero y oramos después

Hay una forma muy común de incluir a Dios en nuestras decisiones: escogemos lo que queremos, avanzamos con nuestros planes y después le pedimos que bendiga todo.

No estamos buscando Su dirección; estamos buscando Su aprobación.

Proverbios no dice: «Decide según tu criterio y luego reconoce a Dios». Primero nos llama a confiar en Él de todo corazón y a no apoyarnos en nuestra propia prudencia. Después nos invita a reconocerlo en todos nuestros caminos.

Reconocer a Dios no consiste en hacer una oración rápida antes de firmar, aceptar, comprar, comenzar o terminar algo. Es concederle el derecho de corregir nuestra ruta. Es acercarnos con una disposición sincera a obedecer, incluso si Su respuesta no coincide con lo que esperábamos.

Si solamente estamos dispuestos a escuchar un «sí», todavía no estamos consultando a Dios; estamos intentando que confirme nuestra voluntad.

Nuestra perspectiva es limitada. Las emociones cambian, el corazón se engaña y no alcanzamos a ver todas las consecuencias de una decisión. Confiar exclusivamente en nuestro criterio es como manejar de noche, sin luces y a gran velocidad: podemos sentir que avanzamos, pero no vemos con claridad hacia dónde nos dirigimos.

La revisión que comienza por dentro

Antes de tomar una decisión, vale la pena llevar nuestras motivaciones delante del Señor.

Podemos preguntarnos si aquello que deseamos contradice algún principio claro de Su Palabra; si nace de la obediencia o de la necesidad de demostrar algo; si estamos actuando por fe o huyendo del temor; y si aceptaríamos con la misma disposición una puerta abierta o una puerta cerrada.

A veces pedimos sabiduría esperando recibir una sensación extraordinaria, pero Dios ya ha hablado con claridad en Su Palabra. En otras ocasiones necesitaremos tiempo, oración y consejo maduro. Lo importante es no utilizar la búsqueda de dirección como una manera espiritual de proteger lo que ya decidimos.

Dios no solamente quiere mostrarnos qué hacer. También quiere trabajar en la persona que está tomando la decisión.

Puede corregir una motivación sin cambiar la meta. Puede pedirnos que esperemos, aunque el camino parezca correcto. También puede cerrar una opción que deseábamos para mostrarnos cuánto dependía nuestra identidad de aquel resultado.

Ser guiados por Dios implica aceptar que Él puede enderezar tanto nuestros pasos como nuestro corazón.

La primera decisión

Podemos hablar de muchas decisiones: trabajo, relaciones, dinero, proyectos, tiempo o cambios importantes. Pero antes de todas ellas existe una decisión fundamental: qué lugar tendrá Jesús en nuestra vida.

Cuando muchos dejaron de seguirlo, Jesús les preguntó a Sus discípulos si ellos también querían marcharse. Pedro respondió:

«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6:68).

Pedro no dijo que comprendía todo. Tampoco afirmó que seguir a Jesús siempre sería sencillo. Reconoció algo más profundo: fuera de Él no había otro lugar al cual valiera la pena ir.

La primera decisión no consiste en escoger entre varias puertas. Consiste en determinar quién tendrá autoridad para guiarnos cuando llegue el momento de elegir.

Si Jesús ocupa únicamente los espacios que quedan libres, nuestros planes seguirán naciendo principalmente de nuestros deseos, temores y criterios. Pero cuando Él ocupa el centro, podemos pensar, planificar y avanzar con una disposición distinta: ya no necesitamos que Dios respalde todo lo que queremos; queremos aprender a desear y escoger aquello que lo honra.

Antes de decidir, comienza por dentro. No le presentes a Dios solamente tus opciones. Preséntale también tus motivaciones, tus temores y aquello que no quisieras soltar.

Tal vez la primera respuesta que necesitas no sea una dirección, sino un corazón dispuesto a obedecerla.

Preguntas para reflexionar

  1. ¿Hay alguna decisión sobre la cual ya escogiste lo que deseas y ahora solamente esperas que Dios la confirme?

  2. ¿Qué podría estar influyendo más en tu decisión: la obediencia, el temor, la prisa, la aprobación o la necesidad de controlar?

  3. Si Dios te mostrara una respuesta diferente de la que esperas, ¿estarías dispuesto a obedecer?

  4. Al examinar tus hábitos reales, ¿qué lugar ocupa Jesús en la manera en que decides?

Oración final

Señor, antes de presentarte mis planes, quiero presentarte mi corazón.

Tú conoces mis deseos, mis temores y las motivaciones que ni siquiera yo alcanzo a reconocer. Examíname y muéstrame si estoy buscando Tu dirección o solamente Tu aprobación.

No permitas que llame prudencia a mi miedo, convicción a mi obstinación ni paz a lo que únicamente me resulta cómodo. Dame sabiduría para comprender Tu Palabra, humildad para recibir consejo y disposición para obedecer una respuesta diferente de la que esperaba.

No quiero decidir lejos de Ti y después pedirte que bendigas mi camino. Quiero reconocerte desde el principio y concederte el lugar que te corresponde.

Endereza mis pasos, pero también endereza mi corazón. Que antes de decidir qué haré, quede resuelto dentro de mí a quién voy a seguir.

En el nombre de Jesús. Amén.

Cómo saber si una decisión viene de Dios